¿Alguna vez te has pillado a ti mismo justificando lo injustificable? ¡Tranquilo, no estás solo! Hoy desentrañaremos un tema fascinante y, a menudo, incómodo: la falacia del ego. Este hábito tan humano de autoengañarnos sin límites, procesándose a través de las «series del yo», es más común de lo que crees y se esconde en los rincones más inesperados de nuestra mente.

Cualquier persona puede cometer errores graves, incluso autodestructivos, pero ese «yo» que tanto estudia la psicología jamás podrá «suicidarse» de verdad. Las intenciones más nobles y los ideales más sublimes suelen habitar en el terreno del pensamiento subjetivo, ¡y todo eso también pertenece al yo!

Una persona mira su reflejo distorsionado en un espejo, simbolizando el autoengaño.

El Engaño Constante: Las «Series del Yo»

El yo siempre tiene un lado perverso, aunque a veces se vista con virtudes hermosas o incluso con el manto de la santidad. Cuando «quiere» dejar de existir, no lo hace de forma desinteresada; siempre aspira a una recompensa o a una nueva forma de continuar. ¿No te parece curioso?

En estos tiempos mecanizados, estamos acostumbrados a la producción en serie: coches, aviones, máquinas… ¡Pues el yo no se queda atrás! También se procesa en series interminables de pensamientos, sentimientos, deseos, odios y hábitos. Conocer estas «series del yo» es crucial para entender cómo opera el autoengaño.

La Falsa División: ¿»Yo Superior» vs. «Yo Inferior»?

Un paisaje tranquilo con aguas en calma bajo un cielo despejado y pacífico.

Hay quienes insisten en dividir el ego en un «yo superior» y un «yo inferior», con el primero controlando al segundo. ¡Pero aquí viene la sorpresa! Esa división es cien por ciento falsa. Superior e inferior son solo dos secciones de la misma cosa. Piénsalo: ¿puede una parte de ti mismo reducir a polvo a otra? ¿Puede una parte decretar el destierro de la otra? La verdad es que «yo superior» y «yo inferior» son simplemente dos caras de la misma moneda, dos secciones de lo que llamamos el yo, o como algunos dirían, de Satán.

Lo más que podemos hacer es ocultar astutamente lo que no nos conviene, esconder nuestras «perversidades» y sonreír con cara de santos. ¡Y esto es precisamente una manifestación clave de la falacia del ego, el hábito de engañar! Es como un gato que esconde sus uñas; una parte de nosotros oculta a la otra. ¿No te parece familiar?

Los Fariseos Modernos: El «Santo de Chocolate»

Todos llevamos por dentro a un fariseo. Por fuera, podemos lucir impecables, pero por dentro… ¡quizás estemos bien «podridos»! Hemos conocido fariseos que, con su «santidad», espantaban al mundo entero. Eran vegetarianos estrictos, abstemios, y la gente se arrodillaba ante ellos. Pero, ¿qué crees? Este «santo de chocolate» había abandonado a su esposa e hijos con la excusa de seguir la senda de la santidad.

Predicaba maravillas y condenaba el adulterio y la fornicación, pero en secreto tenía concubinas y proponía conexiones sexuales antinaturales. Como bien dijo un gran Maestro: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia!». Con su falacia del ego, el fariseo no solo esconde sus delitos de los demás, sino también de sí mismo.

La Trampa de la Mente y el Esfuerzo Inútil

Es común que el «yo superior» diga: «¡Venceré la ira, la codicia, la lujuria!». Pero el «yo inferior» se ríe a carcajadas, y los demonios de las pasiones corren a esconderse en las cavernas secretas de la mente. Cualquier esfuerzo intelectual para disolver el yo es inútil, porque ¡cualquier movimiento de la mente pertenece al yo! El camino que conduce al abismo está, curiosamente, empedrado con buenas intenciones.

Es un juego fascinante y, a veces, un poco ridículo, esta falacia del ego donde una parte de nosotros quiere controlar a otra que simplemente no tiene ganas de ser controlada. Las penitencias de esos «santos» que hacen sufrir a sus familias, o la erudición de los «sabihondos», son conmovedoras, ¡pero el yo no puede destruir al yo!

Un hombre de aspecto santo con túnica y barba, proyectando una sombra oscura y amenazante.

Hacia la Verdadera Serenidad y el Silencio Mental

Debemos desencantarnos de todos estos esfuerzos inútiles. Cuando el yo quiere destruir al yo, el resultado es siempre el mismo: ¡fracaso! Solo al comprender profunda y verdaderamente las batallas inútiles del pensamiento, al observar nuestras acciones y reacciones, los móviles ocultos y los impulsos escondidos, podemos alcanzar la quietud y el imponente silencio de la mente.

La quietud del océano de la mente no es un resultado a fabricar, sino un estado natural que se revela cuando las olas embravecidas del pensamiento, producidas por el «monstruo del yo», se calman. La mente necia que dice «con el tiempo lograré la serenidad» está condenada al fracaso, porque la serenidad de la mente no pertenece al tiempo. Todo lo que es del tiempo, es del yo.

Aquellos que intentan «armar» la serenidad del pensamiento como quien ensambla una máquina, pieza por pieza, están equivocados. La serenidad no se compone de partes que se puedan organizar o desorganizar. Es un estado íntegro. Cuando logramos ver al yo tal cual es, no como aparenta ser, y lo comprendemos a fondo, este queda inevitablemente fracasado, reducido a polvo. ¡Un paso gigante hacia la liberación de las ilusiones del ego!