En los vibrantes tiempos cercanos a la Segunda Guerra Mundial, tuve la fortuna de conocer a un personaje verdaderamente singular en la mística Bogotá. Sucre, un amigo llegado del Atlántico en busca de sabiduría universitaria, pronto revelaría facetas fascinantes y, a veces, perturbadoras de su ser. Nuestro primer encuentro, en un modesto local, dejó claro su intelecto brillante, su afición por la Teosofía y un toque de exhibicionismo que, como veremos, sería la chispa de una aventura marcada por la codicia.
Un Amigo Peculiar y la Semilla de la Obsesión
Sucre era un teórico, un estudioso, un especulativo nato que citaba a los grandes maestros esotéricos con facilidad. Sin embargo, su ego tenía una inclinación por lo demostrativo. Aquella noche, su intento de sumir a un caballero en trance hipnótico terminó en un estrepitoso fracaso, una pelea y sillas volando. «El Diablo», dicen, «siempre mete la cola». Este incidente no solo nos dejó un recuerdo inolvidable, sino que también nos dio un primer vistazo a la ambición desmedida que, más tarde, se convertiría en un torbellino de avaricia.
El Llamado del Tesoro Oculto: Una Visión Sorprendente
Años después, en una conversación de sobremesa sobre tesoros escondidos, le relaté a Sucre un sueño vívido: una figura femenina emergiendo de la tierra en mi dormitorio, revelando la ubicación de un gran tesoro. «Es para ti», dijo la aparición. La reacción de Sucre fue inmediata y apasionada. Su entusiasmo por la idea de encontrar riquezas era palpable, y me rogó que lo llevara al lugar. ¿Quién podría negarse a una petición tan vehemente, especialmente cuando se trata de una aventura que promete desenterrar secretos?
La Búsqueda Desesperada y el Engaño de la Avaricia
Sucre, ni corto ni perezoso, contactó al dueño de la casa y, con sorprendente astucia, no solo le alquiló la propiedad sino que lo hizo su socio. La búsqueda comenzó y, a doce metros de profundidad, encontraron un muñeco de barro cocido con un pergamino que contenía el plano exacto del tesoro: cuatro depósitos de riqueza. Pero el pergamino también traía una advertencia ominosa sobre persecución y el silencio necesario para disfrutar las ganancias.
Aquí es donde la codicia de Sucre tomó un giro peligroso. Influenciado por su germanofilia y tácticas políticas, desconfió del plano. «Son un despiste», se dijo, y decidió ignorar las indicaciones, excavando aún más profundo, en un «precipicio negro, profundo, espantoso». Mis advertencias de que había dejado el tesoro «arriba» fueron recibidas con truenos y relámpagos, e incluso amenazas. Su «YO de la codicia», combinado con la desconfianza, estaba fuera de control.
Exploración Astral: Descifrando el Verdadero Misterio
Ante su insistencia, decidí realizar una exploración astral. Flotando delicadamente en el ambiente, descendí al fondo de aquel pozo de avaricia. Confirmé que el tesoro realmente estaba en los depósitos superiores, justo como el plano lo indicaba. Lo que Sucre había encontrado en su excavación desmedida era un canal horizontal inundado, que salía hacia la calle. Cuando le comuniqué mis hallazgos, Sucre se mostró inmensamente triste; la obsesión por el oro, las esmeraldas y las riquezas lo estaba consumiendo vivo, justificando su anhelo con una «revolución proletaria» que requería armamentos.
El Costo de la Codicia: Un Final Solitario y Armado
Años después, al regresar, la casa había desaparecido. En su lugar, un terreno árido, horrible, con instalaciones eléctricas y maquinaria. Sucre vivía en una trinchera, rodeado de rocas y ventanillas de vigilancia, empuñando pistola o fusil al menor ruido. Me explicó que el tesoro, el famoso «becerro de oro», era muy codiciado y que estaba rodeado de «enemigos mortales». Su vida se había convertido en una fortaleza de paranoia, temor y espionaje.
«¡Válgame Dios y Santa María!», me dije a mí mismo, «¡en mala hora fui yo a contarle a este amigo la visión esta del tesoro!». La reflexión final es clara: ¡Cuán horrible es la codicia! En aquel lugar solo reinaban el miedo, la desconfianza, las armas, los pensamientos de asesinato y el ansia de poder. Al final, opté por alejarme definitivamente de aquella ciudad, con la firme resolución de jamás volver a intervenir en los motivos de la ambición desmedida. Las palabras de Cristo resonaban con más fuerza que nunca: «Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón…»