¿Alguna vez te has preguntado sobre las profundas raíces de la traición? No hablamos solo de un acto, sino de una herida ancestral que atraviesa el corazón del mundo, manifestándose en figuras tan notorias como Judas, Bruto y Casio. Es un caramelo envenenado que, aunque amargo, es urgente saborear para comprender sus ecos en nuestra propia existencia. Este es un viaje a través de recuerdos dolorosos, un recuento de reencarnaciones y de cómo la deslealtad ha marcado caminos.

Representación artística de la traición histórica con Bruto y Judas, figuras clave en la gnosis.

El Velado Presentimiento de Julio César

En una de mis reencarnaciones, fui conocido como Julio César. ¡Vaya destino el de sacrificarme por la humanidad! Recuerdo mi entrada triunfal en Roma, pero también el veneno de la envidia en Bruto, quien parecía olvidar mis sufrimientos en los campos de batalla. No fue fácil gobernar, créanme, pero los divinos y humanos saben lo mucho que padecí. Pude haberme salvado de aquella pérfida conjura si hubiera escuchado al viejo astrólogo. Pero, ¿quién soy yo para juzgarme? El demonio de los celos ya torturaba mi corazón, y la sabiduría a veces se nubla.

Mi bella esposa, Calpurnia, tuvo un sueño premonitorio: una estrella cayendo, una advertencia clara para no ir al Senado. Pero la actitud cesárea, ese sentirme invencible, me llevó directo a mi destino. «Hoy iré al Senado», respondí imperativo. Y así, entre los vítores de la multitud y las advertencias ignoradas, el filo acerado de la puñal desgarró mis espaldas. «¿Tú también, hijo mío?», exclamé al ver a Bruto. La traición de un amigo, de un hijo adoptivo, es una herida que no tiene igual.

Un Reencuentro Inesperado en la Inquisición Española

Serpiente ígnea Kundalini descendiendo, simbolizando la ascensión espiritual negada por la traición y deslealtad.

Años y muchas existencias después, me reencarné como un marqués en la España de la Inquisición, una época que, digamos, no era precisamente un picnic. Y ¿adivinen qué? Allí volví a toparme con el «Yo» de Bruto, esta vez en la piel de un conde mordaz e irónico. ¡Qué destino! Sus insultos y sarcasmos me recordaban viejas afrentas. No quería más duelos ni disputas; buscaba una solución inteligente, quizá una amonestación cristiana, no una hoguera.

Mi visita al temible Inquisidor Torquemada, aquel monje de rostro beatífico y corazón perverso, tomó un giro inesperado. Cuando sugerí que se le amonestara al conde, la respuesta de Torquemada fue una lista escalofriante de torturas y la hoguera. ¡Por Dios! Jamás quise tanto. Aquella «santurronería» disfrazada de piedad despertó en mi un profundo rechazo, una sublevación de lo que tengo de Bodhisattva. Lo llamé perverso y asesino, y la reacción no se hizo esperar: fui capturado y, finalmente, quemado vivo. El dolor fue indescriptible, pero al final, una lluvia refrescante me liberó de aquella agonía.

El Marqués confronta al Inquisidor Torquemada en un juicio de la España medieval, simbolizando la traición.

El Karma de la Deslealtad en el Sendero Gnóstico

Hoy, en mi actual reencarnación, el Némesis de la vida me ha puesto nuevamente en contacto con esos valores que, otrora, estuvieron en la personalidad de Bruto. Un caballero a quien le permití trabajar en el templo, hablando de Gnosis, terminó por convertirse en un insultador y amenazante. Aquel Ego había vuelto a sus andanzas: calumnias y difamaciones, incluso sueños absurdos donde me veía cometiendo delitos.

Es evidente que el «Yo» de Bruto, bajo impulsos inconscientes, adoptaba mi figura. Para librarme de este enemigo ancestral, fue necesario recurrir a Anubis, el Jefe de los señores del Karma. Bruto, a pesar de haber aceptado la Gnosis y el Sahaja Maithuna, trabajó inútilmente en la Fragua Encendida de Vulcano. ¿Por qué? Porque Devi Kundalini jamás premia la traición. El fuego sagrado no asciende por la espina dorsal de los traidores, los asesinos, los perversos. La Madre Divina es exigente; la magia sexual es fundamental, sí, pero sin santidad, no hay logros espirituales.

Bruto pensó en un Kundalini mecánico, un error lamentable. Para el indigno, todas las puertas están cerradas menos una: la del arrepentimiento. Tristemente, él no quiso golpearla, y el fuego sagrado, en lugar de ascender, se precipitó, convirtiéndose en el abominable órgano Kundartiguador, la cola de Satán. Como dijo el profeta Daniel: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua.” La deslealtad tiene sus consecuencias, no solo en este mundo, sino en los superiores.